viernes, 2 de septiembre de 2016

hábitos e ideología

Una de las cosas que he trabajado más durante los años de elaboración de la tesis ha sido el papel de los hábitos como posibilitadores de conductas racionales. Existen conductas que dependen, no de una decisión realizada en un momento dado sino de un gran número de acciones repetidas, que acaban por ser rutinizadas. Nuestra salud, nuestra capacidad de ahorro e inversión, nuestras capacidades y destrezas dependen de forma crítica de los hábitos.
Me molesta especialmente el modo en que es tratado el tema por las instituciones: las campañas públicas y la propaganda privada suelen enfocar el tema de los buenos hábitos como una cuestión de vivir en positivo, de actitud fetén respecto de uno mismo, de responsabilidad individual. Me refiero a los anuncios estilo danacol, de los cereales para desayunar y ese largo etcétera que supongo ya os estáis imaginando. Evidentemente los buenos hábitos son preferibles a los malos: ninguna persona en su juicio prefiere tener cáncer de pulmón a no tenerlo. Y no sólo por los padecimientos propios sino también por el enorme dolor que se acaba causando a los que están más próximos al paciente. Sin embargo me molesta ese enfoque de vivir la vida en positivo: suele traducirse en una imagen de la persona como capitalista de si mismo, que ha de invertir en buenos hábitos para obtener las utilidades que se derivan de esa inversión. Como si comprando el danacol estuviésemos haciendo lo correcto. Sin embargo los hábitos dependen de forma crítica de cómo está estructurado el entorno, de decisiones que han sido tomadas afectando a los posibles usos y a la normatividad del espacio público. Buen ejemplo de esto es la Ley Antitabaco y el carnet por puntos.

Otra cosa que me molesta de la imagen que se da de nuestros hábitos es el optimismo utilitarista que se desprende de ellos: ese, "comamos una manzanita al día, seremos felices". En primer lugar la negatividad tiene un papel inexcusable a jugar en nuestras actitudes. Pero además, algunas de las decisiones más importantes que tomamos en nuestras vidas no dependen de su previsible beneficio futuro sino que las tomamos porque pensamos que es lo correcto, aquello que debemos hacer. Cueste lo que cueste.


sábado, 27 de agosto de 2016

Crusoes contra principitos


Este verano me ha dado por leer el Robinson Crusoe de Daniel Dafoe. Robinson Crusoe ha sido un clásico en la discusión de aquello que de prototípica pueda tener la civilización occidental. Es individualista, es agoísta, es racista, patriarcal, colonial y un largo etcétera.
Por lo visto el libro comenzó a interesar a los economistas durante el tránsito que va de la economía clásica a la revolución marginalista, es decir, conforme se fue configurando la micreoeconomía de sujetos individuales y racionales. Interesó también a los críticos del capitalismo desde que Marx puso sus ojos sobre la novela. 
En la actualidad, en Economía, se usa la figura de Robinson Crusoe como metáfora mediante la que representar una Economía lo más simple posible, con un sólo agente económico, que consume lo que produce o lo ahorra, y que ha de decidir cuánto tiempo dedica a trabajar y cuánto a descansar. Se presupone que Robinson es racional y que decide sobre esos asuntos de acuerdo a sus preferencias.
Lo que me ha sorprendido al leer la novela es que Crusoe no tiene nada que ver con esa imagen de agente racional: es presa del miedo con facilidad, cualquier sombra lo aterroriza, comete frecuentes errores, aquello que es capaz de producir depende en grado extremo de su habilidad y de las herramientas de las que dispone y su bienestar se ve fuertemente condicionado por la dotación de la isla a la que ha ido a parar. Nada de esto se corresponde con los modelos económicos marginalistas sino más bien con una mezcla entre sujeto económico simoniano y conductual. 
Además acabo de leer, en dos tardes, El Principito, edición de Anagrama. Ha sido quizás un azar, o quizás el contraste con el Robinson Crusoe, pero me parece todo lo contrario que se pueda ser a la novela de Dafoe. Si Robinson Crusoe explota el mundo, lo domina, a él y a sus criaturas, sean humanas o animales, el principito daría su vida por una rosa. El principito busca la amistad, se siente responsable de aquello que domestica, odia la idea de explotación, es antiutilitarista. El librito de De Saint -- Exupéry está contra el progreso, es refractario a las personas mayores. Crusoe sólo se forja como hombre una vez madura y acepta los designios de la Divina Providencia y se arrepiente de su pasada temeridad.

miércoles, 24 de agosto de 2016

La verdad (y el resentimiento)


Expresar lo que se siente no tiene que ver siempre con emociones inmediatas, con decir la verdad respecto de lo que sentimos ahora. El efecto del resentimiento sobre lo que queremos decir es un buen ejemplo de esto. Las heridas que no curan modifican nuestro carácter, como cuando una persona acaba con la columna deforme debido a un defecto en el oído interno, el cual modifica su sentido del equilibrio. Del mismo modo hay gente que expresa disconformidad con casi cualquier cosa, pareciéndole todo mal, quejándose por el sol y por la lluvia. La expresión de esos sentimientos no muestra la herida sentimental de la que proceden, pese a ser ése su origen.  

martes, 23 de agosto de 2016

La verdad (de lo que sentimos)


Justo, la verdad de lo que sentimos a veces se nos oculta; a veces hace falta un trabajo propio de artistas para expresarlo de forma acabada. Hoy he soñado un encuentro. Llegaba a una casa en la que encontraba a un artista. Una casa desolada, como las que aparecen en el Stalker de Andréi Tarkovski, con paredes llenas de papeles, trazos, formas y un hombre dedicado a contemplarlas. Su arte estaba hecho de excrementos y restos, formas rotas y dislocadas, trazos que se salían del continente papel e inundaban las pareces. Era una de esos artistas que buscan la verdad en su interior, queriendo expresar aquello que sienten. 
El sábado estuve viendo el documental sobre Cobain, Kurt Cobain: Montage of Heck, y tiene algo que ver con eso. EL arte de la instisfacción, la desafección, el malestar, la decepción.

jueves, 18 de agosto de 2016

¿os hará libres? (abundando)

Quería continuar explorando brevemente los lugares a los que nos pueden conducir las ideas sobre las que hablaba el otro día.
Por una parte distinguía entre la verdad en tanto que manifestación de lo que sentimos y por otra la verdad en tanto que representación de lo que las cosas son. La primera es personal y completamente subjetiva. Lo que sentimos en cada momento está sujeto a idas y venidas, a circunstancias condicionantes. El miedo a perder a alguien, o a hacer daño si decimos lo que pensamos, puede hacernos excesivamente conservadores; al mismo tiempo la calentura del momento puede hacer que digamos cosas de las que después nos arrepintamos. Otras veces el exceso de confianza en nostros mismos puede hacernos perder la perspectiva del otro, volviéndonos arrogantes. Entender que nuestros sentimientos se ven distorsionados por calenturas y por miedos, o por excesos de confianza, forma parte de nuestro aprendizaje sentimental. No es fácil aprender a explorar esos territorios, no es como aprender a escribir a máquina o a montar en bici. En ellos nos encontramos con nosotros mismos y con otros. Además, a veces nos apetece explorar y otras pasar desapercibidos. Existen heridas, hallazgos emocionales, recompensas inesperadas, que pueden modificar de forma drástica nuestro carácter (para bien o para mal). 
La verdad en tanto a lo que las cosas son si está sujeta a sistematización, es de carácter impersonal, siendo el objeto de la ciencia. Existen instituciones científicas que tienen por objeto discutir ideas sobre lo que las cosas son, contrastarlas, medirlas. Pero no debemos engañarnos, existen también instituciones que se ocupan de las emociones, instituciones culturales como las productoras cinematográficas, las iglesias y confesiones religiosas o los grupos de música.